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El paso más contundente y exitoso en contra de la belleza provino de las artes: la belleza -y la preocupación por la belleza-, era restrictiva; como lo expresa el giro actual, elitista. Nuestras valoraciones, al parecer, podrían ser mucho más incluyentes si afirmáramos que algo es “interesante” en lugar de bello.
Por supuesto, cuando la gente afirmaba que una obra de arte era interesante, no indicaba con ello que forzosamente le gustara; y mucho menos que la considerara bella. Por lo general, solo indicaba que creía que debía gustarle. O que le gustaba, de algún modo, aunque no fuera bella.
O podía calificar de algo interesante para evitar la banalidad de llamarlo bello. La fotografía fue el arte en el que “lo interesante” triunfó primero, y desde el principio: el nuevo modo de ver fotográfico propuso que todo fuera un tema potencial para la cámara. Lo bello no habría pod¡do aportar esa variedad de asuntos; y pronto llegó a ser conservador desecharlo como juicio. De la fotografía de un crepúsculo, un crepúsculo bello, cualquiera con un mínimo nivel de refinamiento verbal habría preferido decir: “Si, la fotografía es interesante”.
Susan Sontag, Un argumento sobre la belleza
Paul Valéry afirmó que un poema no se termina, se abandona, y de esto se hizo eco Octavio Paz. Creo lo contrario: el poema abandona al poeta en el desierto de su deseo no saciada. La escritura del poema exige la abolición del mundo. El poeta se metamorfosea entonces y, como Odiseo, entra al poema disfrazado de mendigo. En realidad, mendiga el nombre de lo que no tiene nombre todavía, el “aquello” de San Juán. La palabra es el timón del universo, advirtió Filón. Y hay tanto mundo que la palabra no navega todavía. Por eso es frágil la condición de los poetas, no encuentran sostén en su obra, todo poema se convierte en pasado una vez escrito y sólo deja una sed de lo que va a venir. Pero, como dijo don Alonso, “día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honroso es andar en este ejercicio”.
Juan Gelman
XIV PREMIO REINA SOFÍA DE POESÍA IBEROAMERICANA, octubre de 2005.